lunes, 29 de enero de 2018

Entrevista: MIGUEL DÁVALOS

“El actor debe encontrar un discurso propio”

Una de las gratísimas revelaciones teatrales del año pasado fue el estreno de El arcoíris en las manos, escrita por Daniel Fernández y dirigida por Dusan Fung, que narraba las desventuras de Marita, una mujer transexual que anhelaba encontrar un lugar digno dentro de nuestra sociedad. La responsabilidad de interpretar a este complejo personaje recayó en el joven Miguel Dávalos, ganador del premio del jurado como Mejor actor en Drama por Oficio Crítico. “La obra abarca discriminación, homofobia, transfobia, machismo, muchos temas de violencia y represión”, comenta Miguel. “En sí, la historia de Marita puede ser análoga, a muchos aspectos, al hecho de ser artista, por ejemplo: cuando les dices a tus padres que quieres estudiar arte y recibes la opresión del otro lado”.

Teatro por propia voluntad

“La primera vez que hice teatro yo tenía 10 años (2005), fue en una parroquia por donde vivía, en Pativilca-Barranca”, recuerda Miguel. Dejó de hacerlo hasta el 2008, cuando surgió la posibilidad de integrar el taller de teatro de su colegio. “Mi profesor de Comunicación, David Llamoctanta, nos dijo que con el taller de teatro tendríamos muchas ventajas, como perder el temor a hablar en público. Para quitarme el miedo a exponer, pensé; entonces ingresé por propia voluntad y no lo he dejado de hacer hasta ahora”. Al terminar Secundaria, viaja a Santiago de Chile (sus padres y hermana viven ahí) y permaneció en dicho país por dos años. “Estudiaba inglés y en mis tiempos libres, decidí trabajar para ganar dinero y poder estudiar. Estuve trabajando en el restaurante de un hotel, a espaldas del Palacio de la Moneda, como aseador (copero) y luego me ascendieron a mozo (garzón)”, recuerda.

De regreso en el Perú, y luego de reflexionar sobre su futuro, decidió postular a la Universidad Católica. “Quise venir a Lima, la casa de mis abuelos paternos está en Chorrillos y eso era una facilidad para mí”. Miguel terminó en primer puesto en el colegio y eso lo ayudó a tener más posibilidades de pasar el examen teórico. “Estuve en Barranca primero, estudiando en una academia preuniversitaria para pasar el examen teórico, pero lo dejé al poco tiempo. Postulé e ingresé en el 2014. Menos mal pasé la prueba artística sin haber llevado talleres de teatro en los dos últimos años, aunque aún tenía las nociones de lo que aprendí en el taller del colegio y eso me ayudó.”

Primeros profesores y montajes

"La primera profesora nunca se olvida”, menciona Miguel en referencia a la destacada actriz Alejandra Guerra, quien para él es la que más conoce de su proceso, desde sus inicios hasta su último curso de Actuación 8. “También me enseñó Alberto Isola dos años seguidos, fue muy nutritivo; en realidad, respeto y admiro a todos mis profesores”. La actriz Urpi Gibbons y el director Mateo Chiarella también fueron maestros de Miguel, y cada uno en su estilo, fueron puliendo el talento que demostraría en sus futuros proyectos. “Yo tengo la idea de ser director más adelante, pero ahora quiero sacarme el jugo como actor. Creo que un artista debe abarcar muchos ámbitos; llevé un curso de dramaturgia con Claudia Sacha y me llamó mucho la atención el poder escribir más adelante”.

Para Miguel, un buen actor de teatro debe cumplir ciertos requisitos básicos, como ser uno mismo, en primer lugar. “Todo tiene que ver con la honestidad”, asegura. Además, afirma que es importante que los actores hagan teatro constantemente. “Que no interrumpan su proceso, la práctica constante te afianza las técnicas y te da herramientas”. Finalmente, considera importante que encuentren un discurso propio que los motive mucho, para que le encuentren un propósito a su vida artística. Por otro lado afirma que un buen director de teatro también debe “tener confianza y honestidad en sí mismo, para que monte obras que realmente le interesen; debe tener bastante apertura con sus actores, darles confianza; y por último, que estén tan o más locos como los actores, para que se permitan jugar”.

Miguel tuvo la suerte de tener como su primera obra profesional a Luz oscura (2016), coescrita por Gonzalo Rodríguez Risco y Julia Thays, esta última encargada de la dirección. “A Julia la conocí en Cuarto Ciclo, cuando fue asistente de Mateo Chiarella”, recuerda, mencionando además que lo convocaron faltando un mes para el estreno. “No sabía muy bien qué hacer (ríe), pero toda la gente, Ernesto (Ayala), Alberick (García), Nidia (Bermejo), Jesús (Neyra), todos fueron muy amables y amorosos y me dieron mucha confianza”. Miguel interpretaba múltiples personajes en compañía de Ayala durante el montaje. “No tenía tanto texto, fueron personajes por propuesta de dirección. Fue una experiencia enriquecedora trabajar con actores tan buenos, eso me permitió jugar bastante”. En La edad del exilio (2017), una readaptación de Despertar de Primavera a cargo de joven actor y director Flavo Giribaldi, Miguel asumió su primer papel protagónico, consiguiendo logradas escenas dramáticas con su compañera en escena Daniela Trucíos. “Todos estábamos empezando, fue un proceso bastante complicado, pero todos aportábamos, leíamos y analizábamos el texto original y a partir de ahí improvisábamos, eso le daba herramientas a Flavio para reescribirlo, la experiencia fue muy buena”.

Un granito de arena

El arcoíris en las manos es una obra de teatro urgente, además de la transfobia, también se retratan temas de pobreza, mala educación, desestructuración familiar, machismo, abuso de la familia, todos vigentes”, afirma Miguel. “Es importante que saquemos obras que incomoden, ya sea políticamente o emocionalmente, que te confronte como espectador, desde lo personal: lo ideal es hacer teatro para que la gente accione, a su manera, pero que accione; que no se quede en un aspecto tan contemplativo”. Y es que Miguel acierta en asegurar que en Latinoamérica necesitamos mucho del arte, como una salida para que la gente tome las riendas de la sociedad. El arcoíris en las manos es un granito contra toda la m... que hay en el país”.

El proceso de ensayos fue muy positivo para Miguel. “Trabajar con Dusan fue bastante removedor en muchos aspectos, porque yo venía del proceso en el TUC y él (Dusan) traía, de los talleres que había tomado, otras propuestas para abordar escenas desde la improvisación; fue bastante nutritivo y difícil además, que te saquen de tu zona de confort, es bueno estar en terreno pantanoso”. Con Tatiana Espinoza y Miguel Álvarez, la experiencia fue muy emotiva desde la primera lectura. “Sentí que hicimos match, el vínculo se generó desde ese momento y lo seguimos construyendo durante los ensayos y función a función. También con Mariajosé (Vega) y Eduardo (Ramos), todos fueron súper abiertos conmigo y me dieron mucha confianza”. El arcoíris en las manos estará presente en el FAE, mientras Miguel prepara un par de proyectos. Y está próximo a estrenar La Cocina de Arnold Wesker, en el CCPUCP, con la dirección a cargo de Jorge Guerra y co-dirigido por Alejandra Guerra. “Seguimos haciendo más teatro, que es lo principal; como me dijo alguien muy querido hace poco, el mejor premio es saber que apenas terminas un trabajo, hay otro esperándote; estoy contento por eso”, finaliza.

Sergio Velarde
29 de enero de 2018

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